
Sus padres lo bautizaron con el nombre de Eugenio Manuel Salvador del Tránsito Paredes Horlenstoff, en honor a su padre y sus dos abuelos.
La familia jamás se conformó con su fealdad. Era tan tremendamente mal parecido, que resultaba imposible mirarlo por más de dos o tres minutos. La gente que lograba resistir más tiempo, comenzaba a sudar helado y a experimentar algunas convulsiones, leves pero notorias.
Como es lógico, su madre no daba crédito a tales acusaciones. Para ella, Eugenio era poco agraciado, pero no más que otros muchos que se pueden ver a diario paseando por la plaza.
Sin embargo, su hijo tenía claro que el amor de madre le restaba a Ema la objetividad necesaria para reconocer algo que él mismo podía comprobar cada vez que veía reflejada su imagen en la sopa o en la vitrina del comedor.
Su fealdad le produjo -y como es lógico- una timidez desmedida. Impedido de entablar diálogos dilatados, debido a los tres escasos minutos en que podía interactuar con la gente, tenía el volumen de la voz reducido al máximo, al grado de hablar en susurros.
Cuando llegaban visitas a la casa -lo que era habitual-, Eugenio se limitaba a saludar cortésmente para luego relegarse a algún rincón o pararse de espaldas a los invitados, observando el jardín a través de la ventana, evitándoles el disgusto de tener que encontrarse de pronto con su rostro.
Su madre, que pasaba muchas horas acompañándole, era la única persona con quien conseguía dialogar sobre literatura y música docta por horas, cara a cara, sin el terror que experimentaba cada vez que a sus interlocutores comenzaba a brillarles la frente.
Ocurrió, cuando ya Eugenio rondaba los 39 años, que Ema cayó gravemente enferma y, tras una semana de sufrimiento, sucumbió a la muerte.
Eugenio se volvió más introvertido que nunca, a tal punto que a veces ni siquiera se presentaba en la sala para saludar a las visitas.
Un día, el ama de llaves notó que Eugenio se iba poniendo cada vez más pálido, lo que le comunicó a Jacob, su padre, para que tomara las precausiones necesarias.
El médico no le encontró problema de salud alguno, sin embargo, Eugenio continuaba palideciendo, sin que los variados exámenes acusaran ninguna enfermedad.
Jacob sufrió un desmayo cuando, una tarde de invierno, pudo ver a través de Eugenio, la lluvia que caía sobre el jardín, y que su hijo contemplaba en profundo silencio desde la ventana de la sala.
Luego, nada más hubo qué hacer. Cada día Eugenio se iba volviendo más transparente y, a los pocos meses, ya no era más que un alma en pena que deambulaba por la casa.
Las visitas frecuentes comenzaron a reducirse, aterrorizados por la idea de que Eugenio podría estar en cualquier lugar sin que lo vieran, espiando en el baño o mirando bajo la mesa.
Se corrió el rumor que ahora salía de la casa y que alguien lo había descubierto, en la noche, parado a los pies de su cama. Nadie consiguió jamás explicar cómo se supone que habían notado su presencia.
La psicosis fue tan grande que la gente ya no se hurgueteaba la nariz a solas, ni posaba desnudo frente al espejo, o se masturbaba, temiendo estar siendo observados por Eugenio.
Hoy en día, nadie tiene claridad de si está vivo o muerto. Sólo desapareció un día y, con el pasar de los años, la gente lo olvidó y volvió a retomar sus malas costumbres, aquellas que sólo se practican en privado.
De vez en cuando, llega alguien a la casa de Jacob para anunciarle que su hijo a vuelto, seguros de haber encontrado un objeto en un lugar diferente al que lo dejaron la noche anterior o convencidos de que el vaso que cayó sin motivo aparente fue empujado por Eugenio en un descuido.
La familia jamás se conformó con su fealdad. Era tan tremendamente mal parecido, que resultaba imposible mirarlo por más de dos o tres minutos. La gente que lograba resistir más tiempo, comenzaba a sudar helado y a experimentar algunas convulsiones, leves pero notorias.
Como es lógico, su madre no daba crédito a tales acusaciones. Para ella, Eugenio era poco agraciado, pero no más que otros muchos que se pueden ver a diario paseando por la plaza.
Sin embargo, su hijo tenía claro que el amor de madre le restaba a Ema la objetividad necesaria para reconocer algo que él mismo podía comprobar cada vez que veía reflejada su imagen en la sopa o en la vitrina del comedor.
Su fealdad le produjo -y como es lógico- una timidez desmedida. Impedido de entablar diálogos dilatados, debido a los tres escasos minutos en que podía interactuar con la gente, tenía el volumen de la voz reducido al máximo, al grado de hablar en susurros.
Cuando llegaban visitas a la casa -lo que era habitual-, Eugenio se limitaba a saludar cortésmente para luego relegarse a algún rincón o pararse de espaldas a los invitados, observando el jardín a través de la ventana, evitándoles el disgusto de tener que encontrarse de pronto con su rostro.
Su madre, que pasaba muchas horas acompañándole, era la única persona con quien conseguía dialogar sobre literatura y música docta por horas, cara a cara, sin el terror que experimentaba cada vez que a sus interlocutores comenzaba a brillarles la frente.
Ocurrió, cuando ya Eugenio rondaba los 39 años, que Ema cayó gravemente enferma y, tras una semana de sufrimiento, sucumbió a la muerte.
Eugenio se volvió más introvertido que nunca, a tal punto que a veces ni siquiera se presentaba en la sala para saludar a las visitas.
Un día, el ama de llaves notó que Eugenio se iba poniendo cada vez más pálido, lo que le comunicó a Jacob, su padre, para que tomara las precausiones necesarias.
El médico no le encontró problema de salud alguno, sin embargo, Eugenio continuaba palideciendo, sin que los variados exámenes acusaran ninguna enfermedad.
Jacob sufrió un desmayo cuando, una tarde de invierno, pudo ver a través de Eugenio, la lluvia que caía sobre el jardín, y que su hijo contemplaba en profundo silencio desde la ventana de la sala.
Luego, nada más hubo qué hacer. Cada día Eugenio se iba volviendo más transparente y, a los pocos meses, ya no era más que un alma en pena que deambulaba por la casa.
Las visitas frecuentes comenzaron a reducirse, aterrorizados por la idea de que Eugenio podría estar en cualquier lugar sin que lo vieran, espiando en el baño o mirando bajo la mesa.
Se corrió el rumor que ahora salía de la casa y que alguien lo había descubierto, en la noche, parado a los pies de su cama. Nadie consiguió jamás explicar cómo se supone que habían notado su presencia.
La psicosis fue tan grande que la gente ya no se hurgueteaba la nariz a solas, ni posaba desnudo frente al espejo, o se masturbaba, temiendo estar siendo observados por Eugenio.
Hoy en día, nadie tiene claridad de si está vivo o muerto. Sólo desapareció un día y, con el pasar de los años, la gente lo olvidó y volvió a retomar sus malas costumbres, aquellas que sólo se practican en privado.
De vez en cuando, llega alguien a la casa de Jacob para anunciarle que su hijo a vuelto, seguros de haber encontrado un objeto en un lugar diferente al que lo dejaron la noche anterior o convencidos de que el vaso que cayó sin motivo aparente fue empujado por Eugenio en un descuido.