domingo, 2 de septiembre de 2007

Eugenio


Sus padres lo bautizaron con el nombre de Eugenio Manuel Salvador del Tránsito Paredes Horlenstoff, en honor a su padre y sus dos abuelos.

La familia jamás se conformó con su fealdad. Era tan tremendamente mal parecido, que resultaba imposible mirarlo por más de dos o tres minutos. La gente que lograba resistir más tiempo, comenzaba a sudar helado y a experimentar algunas convulsiones, leves pero notorias.

Como es lógico, su madre no daba crédito a tales acusaciones. Para ella, Eugenio era poco agraciado, pero no más que otros muchos que se pueden ver a diario paseando por la plaza.

Sin embargo, su hijo tenía claro que el amor de madre le restaba a Ema la objetividad necesaria para reconocer algo que él mismo podía comprobar cada vez que veía reflejada su imagen en la sopa o en la vitrina del comedor.

Su fealdad le produjo -y como es lógico- una timidez desmedida. Impedido de entablar diálogos dilatados, debido a los tres escasos minutos en que podía interactuar con la gente, tenía el volumen de la voz reducido al máximo, al grado de hablar en susurros.

Cuando llegaban visitas a la casa -lo que era habitual-, Eugenio se limitaba a saludar cortésmente para luego relegarse a algún rincón o pararse de espaldas a los invitados, observando el jardín a través de la ventana, evitándoles el disgusto de tener que encontrarse de pronto con su rostro.

Su madre, que pasaba muchas horas acompañándole, era la única persona con quien conseguía dialogar sobre literatura y música docta por horas, cara a cara, sin el terror que experimentaba cada vez que a sus interlocutores comenzaba a brillarles la frente.

Ocurrió, cuando ya Eugenio rondaba los 39 años, que Ema cayó gravemente enferma y, tras una semana de sufrimiento, sucumbió a la muerte.

Eugenio se volvió más introvertido que nunca, a tal punto que a veces ni siquiera se presentaba en la sala para saludar a las visitas.

Un día, el ama de llaves notó que Eugenio se iba poniendo cada vez más pálido, lo que le comunicó a Jacob, su padre, para que tomara las precausiones necesarias.

El médico no le encontró problema de salud alguno, sin embargo, Eugenio continuaba palideciendo, sin que los variados exámenes acusaran ninguna enfermedad.

Jacob sufrió un desmayo cuando, una tarde de invierno, pudo ver a través de Eugenio, la lluvia que caía sobre el jardín, y que su hijo contemplaba en profundo silencio desde la ventana de la sala.

Luego, nada más hubo qué hacer. Cada día Eugenio se iba volviendo más transparente y, a los pocos meses, ya no era más que un alma en pena que deambulaba por la casa.

Las visitas frecuentes comenzaron a reducirse, aterrorizados por la idea de que Eugenio podría estar en cualquier lugar sin que lo vieran, espiando en el baño o mirando bajo la mesa.

Se corrió el rumor que ahora salía de la casa y que alguien lo había descubierto, en la noche, parado a los pies de su cama. Nadie consiguió jamás explicar cómo se supone que habían notado su presencia.

La psicosis fue tan grande que la gente ya no se hurgueteaba la nariz a solas, ni posaba desnudo frente al espejo, o se masturbaba, temiendo estar siendo observados por Eugenio.

Hoy en día, nadie tiene claridad de si está vivo o muerto. Sólo desapareció un día y, con el pasar de los años, la gente lo olvidó y volvió a retomar sus malas costumbres, aquellas que sólo se practican en privado.

De vez en cuando, llega alguien a la casa de Jacob para anunciarle que su hijo a vuelto, seguros de haber encontrado un objeto en un lugar diferente al que lo dejaron la noche anterior o convencidos de que el vaso que cayó sin motivo aparente fue empujado por Eugenio en un descuido.

miércoles, 15 de agosto de 2007

Lluvia

Uno de los varios días de julio, desde el cielo comenzó a llover aceite. Las viejas salían de sus casas con sendas cacerolas para acumular lo que pudieran. Ordenaban los lavatorios, las chatas, las artesas y las ollas marmicoc frente a sus casas, peleando con las vecinas por delimitar el territorio que correspondía a cada una.

Muchos de los políticos se sintieron satisfechos al demostrar que tenían razón en decirle al presidente que los precios del aceite se habían ido a las nubes. Mañana los noticieros no hablarían de otra cosa y los periodistas elegirían para entrevistar al que más hubiera reprochado el accionar del gobierno.

En el barrio alto, las mujeres salían al patio con delantales de plásticos, de esos que se usan para teñir el pelo, y volvían la cara al cielo, masajeando para que el aceite más puro del mundo les atenuara las arrugas.

Un auto lujoso se detuvo frente al monumento del teniente Agustín Sanfurgo y comenzó a tomar fotografías. Nunca nadie se preguntó el motivo. Tampoco se supo. Ni siquiera importaba.

De echo, el busto de Sanfurgo era un misterio, como la lluvia de aceite y el fotógrafo pije.


Se construyó durante el gobierno de Nicasio Rioverde, un presidente blandengue al que le gustaba tomar asiento en un sillón rojo gigante -del que le colgaban los pies- cuando recibía visitas en el Palacio de la Membresía –que era la casa de gobierno- y levantar los dos dedos meñique al tomar la taza de té.

“Para mañana se esperan fuertes precipitaciones. Aún no se tiene claridad de qué tipo, pero se sospecha que no durarán más allá del medio día”, dijo la señorita del tiempo en el noticiario nocturno.

Cada vez que recuerdo el día en que se inauguró el busto del capitán Sanfurgo, me viene a la memoria el discurso del presidente que culminó con algo así como: “los héroes de nuestra patria no son todos de carne y hueso”. Jamás llegué a entenderlo. Pero hoy creo que podría tener alguna relación con las lluvias y el hombre de la cámara fotográfica.

Aunque, quizás no haya querido decir nada. Cómo la vez que, en plena parada militar, para dar comienzo al desfile gritó: “Qué este árbol jamás de sus frutos”, lo que todos tomaron como un: “que comience el desfile”, pero nadie quiso rebatir. Yo creo que fue nada más que algo así como una frase suelta que sacó de un libro que no consiguió leer.

En otra ocasión, un periodista quiso pasarse de listo y le preguntó: Señor presidente ¿cuánto demorará la construcción del puente de hielo?, aludiendo a otra de las declaraciones de Rioverde, que decían relación con instalar puentes de bajo costo, traídos desde la zona preferencial obtenida en la antártica durante la última competencia de damas. Nicasio ni se inmutó para decir: “Los momentos no viene ni van, solo están, otros ya estuvieron, y los que no alcanzaron a estar, se perdieron”.

La lluvia declinó alrededor de las nueve de la noche, tal y cuál lo había hecho la de azúcar y la de curri, que no causó mayor expectación.

A esa hora salí del diario, pensando en qué ropa usaría al otro día. Todo dependía de lo que lloviera.

La que menos me gustaba era la de granos. Con viento se volvía demasiado violenta especialmente, al bajar del bus.

Coliflores y Paltas


Le vio la cabeza de pura suerte. Detrás de la roca, le asomaba el cascabel que tenía en la punta del gorro.

Estaba lejos todavía. Paró la carreta y se bajó con uno de los sacos que usaba para echar las coliflores.

Se acercó en puntas de pies y le tiró el saco sobre la cabeza. El duende pataleaba y tiraba golpes de puño, pero el campesino ya había anudado el bulto y lo llevaba a su carreta.

Lanzó sin ningún cuidado el paquete detrás de la carreta, y luego se sentó en frente con una gran sonrisa, llena de ambición.

Este debía ser uno de los últimos duendes que quedaban en el mundo. Los demás habían ido desapareciendo a medida que se les cazaba para llenar de yeso y luego vender -en exorbitantes sumas- a las familias pudientes que los usaban para adornar sus jardines.

Los conejos y las hadas también eran muy cotizados, pero aún se mantenían sin riesgo gracias a su astucia y agilidad, tan distante de la de los duendecillos, que, buenos para beber y comer, crecían hasta cumplir los 6 años hacia arriba, luego, solo hacia los lados.

-¡Hoy va a nevar!- gritó de pronto el enanito desde atrás de la carreta.

Las piedras del camino tamborileaban bajo el carruaje de madera y, acompañadas de los cascos del caballo, iban repitiendo una melodía, monótona y sin brillo.

-¡Hoy va a nevar!- se oyó de nuevo, desde atrás, la vocecita distorsionada.

El granjero iba dejando una estela de humo con su pipa y, en vez de una carreta, de pronto parecía conducir un tren a vapor.

-¡Hoy va a nevar!- insistía cada tantos minutos en duende, pero el campesino hacía oídos sordos, ya por miedo a ser embaucado por la labia de los hombrecillos, o para evitar entablar una conversación que le hiciera enternecerse al momento de dar a beber el yeso a aquel enanito.

Saliendo del bosque, en el horizonte aparecieron los sembradíos de coliflor y los árboles de paltas. Había sido una excelente temporada para la fruta y la verdura en este lugar y se pronosticaban excelentes ganancias para el año.

Cuando el campesino agarró el bulto con el duende para lanzarlo dentro del granero, se oyó un largo ¡va a nevaaaaaaaarrrrrrrrrr!, que se apagó con el golpe.

El granjero se fue a acostar temprano ese día. Los viajes a través del bosque son realmente agotadores. En estas circunstancias, una cena abundante y una copa de vino, son capaces de tumbar en la cama hasta al más fuerte de los guerreros.

Esa noche nevó. Algunos granjeros hicieron el intento de proteger sus plantaciones prendiendo hogueras, pero todo fue inútil. La nieve que cayó durante la noche, trancó las puertas y provocó avalanchas hacia el lado de las montañas.

Cuando el campesino despertó, a las 6 de la mañana en punto -como cada día- observó estoicamente sus verduras a través de la ventana. Nada qué hacer, se pudrirían o quemarían con el frío. Dinero perdido.

Entonces fue al granero y recogió el bulto donde estaba el duendecillo. Pero este estaba tieso de frío, con las manos entremedio de las piernas y en posición fetal. En poco tiempo se pudriría igual que las coliflores.