miércoles, 15 de agosto de 2007

Coliflores y Paltas


Le vio la cabeza de pura suerte. Detrás de la roca, le asomaba el cascabel que tenía en la punta del gorro.

Estaba lejos todavía. Paró la carreta y se bajó con uno de los sacos que usaba para echar las coliflores.

Se acercó en puntas de pies y le tiró el saco sobre la cabeza. El duende pataleaba y tiraba golpes de puño, pero el campesino ya había anudado el bulto y lo llevaba a su carreta.

Lanzó sin ningún cuidado el paquete detrás de la carreta, y luego se sentó en frente con una gran sonrisa, llena de ambición.

Este debía ser uno de los últimos duendes que quedaban en el mundo. Los demás habían ido desapareciendo a medida que se les cazaba para llenar de yeso y luego vender -en exorbitantes sumas- a las familias pudientes que los usaban para adornar sus jardines.

Los conejos y las hadas también eran muy cotizados, pero aún se mantenían sin riesgo gracias a su astucia y agilidad, tan distante de la de los duendecillos, que, buenos para beber y comer, crecían hasta cumplir los 6 años hacia arriba, luego, solo hacia los lados.

-¡Hoy va a nevar!- gritó de pronto el enanito desde atrás de la carreta.

Las piedras del camino tamborileaban bajo el carruaje de madera y, acompañadas de los cascos del caballo, iban repitiendo una melodía, monótona y sin brillo.

-¡Hoy va a nevar!- se oyó de nuevo, desde atrás, la vocecita distorsionada.

El granjero iba dejando una estela de humo con su pipa y, en vez de una carreta, de pronto parecía conducir un tren a vapor.

-¡Hoy va a nevar!- insistía cada tantos minutos en duende, pero el campesino hacía oídos sordos, ya por miedo a ser embaucado por la labia de los hombrecillos, o para evitar entablar una conversación que le hiciera enternecerse al momento de dar a beber el yeso a aquel enanito.

Saliendo del bosque, en el horizonte aparecieron los sembradíos de coliflor y los árboles de paltas. Había sido una excelente temporada para la fruta y la verdura en este lugar y se pronosticaban excelentes ganancias para el año.

Cuando el campesino agarró el bulto con el duende para lanzarlo dentro del granero, se oyó un largo ¡va a nevaaaaaaaarrrrrrrrrr!, que se apagó con el golpe.

El granjero se fue a acostar temprano ese día. Los viajes a través del bosque son realmente agotadores. En estas circunstancias, una cena abundante y una copa de vino, son capaces de tumbar en la cama hasta al más fuerte de los guerreros.

Esa noche nevó. Algunos granjeros hicieron el intento de proteger sus plantaciones prendiendo hogueras, pero todo fue inútil. La nieve que cayó durante la noche, trancó las puertas y provocó avalanchas hacia el lado de las montañas.

Cuando el campesino despertó, a las 6 de la mañana en punto -como cada día- observó estoicamente sus verduras a través de la ventana. Nada qué hacer, se pudrirían o quemarían con el frío. Dinero perdido.

Entonces fue al granero y recogió el bulto donde estaba el duendecillo. Pero este estaba tieso de frío, con las manos entremedio de las piernas y en posición fetal. En poco tiempo se pudriría igual que las coliflores.

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